Comunicadora social-periodista. Educadora digital. Rastreo documentos y cartas para convertirlos en podcast. Siempre estoy en el monte.
RESEÑA: DESEOS PARA NO CUMPLIR
Por: Ángela Gaviria Piedrahíta y Sara Gaviria Piedrahíta
La Bolsa amarilla (1976) Lygia Bojunga Nuñes (1932) Editorial Norma, Bogotá: 1997. 147 páginas.
La primera vez que nos preguntamos por Brasil, que pensamos la escritura como una forma de vivir y que reflexionamos en la lista de deseos incumplidos que se tiene cuando se es niña, fue cuando leímos La Bolsa Amarilla de la escritora brasileña Lygia Bojunga. Pero fue en diferentes momentos, primero por Sara en la montaña y 10 años después lo hicimos juntas en la ciudad. Para ambas significó cosas similares en nuestras infancias que ocurrieron en momentos diferentes y es por esto que para este especial de Literariedad decidimos reseñar una obra de la literatura infantil.
La Bolsa Amarilla nos presenta a Raquel, una hermana menor que le escribe cartas a amigos imaginarios, incomprendida por su entorno. En el fondo de una bolsa amarilla, herencia de su tía, Raquel guarda sus tres deseos más íntimos: ser grande, ser niño, y ser escritora. Junto a ellos, la bolsa también será un refugio para personajes como el gallo llamado Rey, el Gancho de Pañal, y una Paragüas, entre muchas otras historias que forman el mundo de Raquel.
Creemos que hay que hablar más de literatura infantil, porque hacerlo es pensar en niños y niñas, en sus sensibilidades e intereses y creemos que Lygia Bojunga lo logra pues de niñas nos sentimos muy identificadas con sus personajes. No somos las únicas que lo pensamos, en 1982 Bojunga se convierte en la primera escritora iberomericana en recibir el Premio Hans Christian Andersen por su obra.
Hablando sobre el libro pensamos en las diferentes violencias y presiones que se ejercen sobre niños y niñas, sobre cómo sus deseos e intereses son chiste o chantaje entre adultos, sobre el adultocentrismo que impide escuchar a las y los menores. Así que quisimos tomar un riesgo de formato, esta reseña no tiene forma de reseña: es un chat sincero e íntimo entre las dos, sobre nosotras y este libro.
[20:51] Sara: Hola, Gela (Hola todxs). ¿Cómo te sientes para este experimento? [20:53] Ángela: Ahhh… *explota*. [21:47] Ángela: Estamos innovando [20:54] Sara: Solo es un chat [20:56] Ángela: Bueno [20:57] Sara: ¿Recuerdas qué edad tenías cuando leímos La bolsa amarilla?
“Tú sabes que estás cerca porque empiezas a ver casas pintadas. Cuando veas que hay muchos colores es que llegaste” fueron las indicaciones para llegar a la vereda de San Isidro en el corregimiento de Puerto Caldas, Pereira (Colombia).
La indicación es correcta, las casas están pintadas con mascotas, trenes, flores, aves, rostros. Representan lo que tienen alrededor: el sol fuerte por su cercanía al Valle del Cauca, una vegetación que abarca la mirada y flores en un camino estrecho y alargado que durante la década de los 50 fue vía para el tren. Al igual que en otras zonas del país, las franjas de los proyectos abandonados de ferrocarril, al ser territorios del Estado, comenzaron a ser habitados por desplazados de diferentes olas de violencia. Pero una vez llegan a San Isidro se encuentran con necesidades básicas por suplir: un acueducto insuficiente, falta de alcantarillado, problemas de acceso y, hasta hace unos años, bandas criminales merodeaban por la zona.
PH: saragapi
La comunidad se ha ido organizado entre ayudas externas, voluntarios y gestión propia, para exigir mejores condiciones de vida y transformar su entorno en un lugar que se parezca más al que sueñan. Una de las primeras acciones que se recuerdan del proceso fue una caminata por relevos hasta el centro de Pereira, a casi 30 kilómetros de distancia, para exigir un acueducto que les permitiera tener agua más de tres horas al día.“Fue un proceso de toda la comunidad, se mostró la primera fuerza, fuimos unas 150 personas. Creyeron que sí se podía. La necesidad que teníamos era muy complicada. Llevábamos más de dos años sufriendo por el agua”, recuerda Ilda Luz Silva Marín, presidente de la Junta de Acción Comunal desde ese mismo año. Recuerda exactamente la fecha: 26 de abril de 2011.
la común-idad. Ph: saragapi
Sembrando y bailando
Jonathan Gutierrez profesor de música en el centro comunitario prepara con el grupo una canción. PH: saragapi
Esta búsqueda por mejorar la calidad de vida incluye también el abrir espacios al arte y a la educación. Procesos que se han organizado desde el “Centro comunitario de artes y oficios: el comienzo del Arcoíris”. El lugar donde hoy funciona el centro se empezó a construir en el 2009 entre gestiones de quien era el director de la escuela, Jorge Iván Marín, apoyo privado y convite de la comunidad. La instalación se empezó a usar con fines comunitarios hasta que en el 2013 se estructuró un proyecto que incluyó restaurante para la comunidad y escuela de artes. Actualmente el proyecto cuenta con formación en danza, fotografía, teatro, valores, batucada, refuerzo educativo y música con clases de piano, batería, guitarra y coro. Se proponen como educación complementaria que se piensa como una herramienta de transformación social. A las clases asisten niños, jóvenes y algunos adultos.
Los productos y obras resultantes de la escuela de artes se presentan a todos, hacen parte de las fiestas y días especiales, e incluso han participado en concursos y desfiles de municipios aledaños. También se han tomado espacios de la ciudad como SALAEstrecha y el Teatro Santiago Londoño en Pereira.
Iniciaron representado bailes y obras de teatro adaptadas, pero mientras iban avanzando, empezaron a incluir en esas obras elementos de su entorno y cotidianidad. “Han ido evolucionando, al principio bailaban danzas de diferentes regiones pero ahora, por ejemplo, están montando una en contra del maltrato a la mujer por un evento violento que hubo hace poco” dice Sofía Ibarz, una de las educadoras de la escuela. Continúa contado cómo han pasado a representar sus rutinas, historias propias, a dignificar la vida de alguien que ya no está y “hasta se burlan de los políticos que llegan a pasearse por su barrio”. Se narran a sí mismos.
Un grupo de adultos mayores madrugan a trabajarle a la tierra. La huerta comunitaria es el espacio donde pueden aprovechar su conocimiento como campesinos. PH: saragapi
Los estudiantes de música montan una canción en los salones del centro comunitario, a unos pocos metros los escuchan las gallinas ponedoras y los retoños de la huerta. La siembra está a cargo de los adultos mayores que se ocupan de lo que mejor saben trabajar: la tierra. Madrugan a conectarse con lo que son: campesinos, conocedores de las plantas, sembradores de semillas. “Ellos volvieron a sentirse útiles, pueden trabajar, volvieron a recordar todo su conocimiento como campesinos que somos. La huerta para ellos es como su tierra, el espacio que nunca han tenido” dice Ilda Luz Silva Marín, se acomoda el sombrero y continúa:“eso es lo irónico del campesino de aquí, han gastado toda su vida en finca, anhelando tener sus tierras y no las pudieron tener. Con ese espacio es como si pudieran recuperar esa tierra”. La huerta produce maíz, frijol, yuca, pepino, cilantro, cebolla, rábanos, zapallo, tomate, de todo un poquito. También tienen gallinas y un lago con peces. Estos productos surten el restaurante comunitario y las cocinas de quienes los cultivan.
Píntelas que yo se las coloreo
PH: Rodrigo Grajales
San Isidro está lleno de color. Las casas también se unen a esta experiencia visual con “píntelas que yo se las coloreo” una iniciativa impulsada por el espíritu de vecindad. Al iniciar el día y abrir la puerta de la propia casa, lo primero qué se ve es la casa del vecino del frente. Cada vecino ve lo mismo. “Yo le pregunto a usted qué quisiera ver cuando se levante por las mañanas. Algo que le alegre la vida, que le recuerde algo bonito, que le ilusione. De ahí salen las pintadas de esas fachadas. Esas fachadas tienen gustos, cuentan historias, ilusiones. Hay muchas pintura de animales que tienen que ver con la naturaleza y las aves por el mismo entorno”, asegura Luz Silva.
PH: Rodrigo Grajales
Para pintar las fachadas se inició trabajando con estudiantes del programa de Artes Visuales de la Universidad Tecnológica de Pereira, pero también se convocó a artistas de todo Colombia. Entre los casi 200 artistas que aplicaron se seleccionaron 18, teniendo especial atención en el sentido pedagógico que tenían. “Tuvimos mucho que aprender de los que vinieron, nos enseñaron bastante sobre todo el interés de compartir y la visión que se tiene del arte por fuera de su sistema de poder: las galerías, los salones, los curadores. El arte se instala en el lugar, se vive con la gente. Si las comunidades no se empoderan en cualquier proceso, sea estético, productivo o pedagógico, estos tienden a desaparecer porque los que los lideran no están”, dice Rodrigo Grajales, quien ha ido vinculando a sus estudiantes de artes visuales en el proceso. Se han pintado hasta el momento 43 casas y 100 metros lineales del mural de colegio de Puerto Caldas. Se pinta para recuperar el color, para llenar de vida la rutina en San Isidro, para tener más presente lo que se quiere.
Ilda Luz Silva Marín Carcajea recordando algunas anécdotas que ha presenciado en este tiempo.
Ilda Luz ha habitado sus 44 años de vida en Puerto Caldas. Ha acompañado el proceso desde el 2011 como presidenta de la Junta de Acción Comunal y para el 2018 se realizará un cambio de presidencia.
Ante la pregunta ¿qué ha sido lo más difícil en sus años de trabajo comunitario? Ilda Luz Silva Responde: “que la gente crea. Es complicado porque son muchos años donde hay cantidad de promesas incumplidas e ilusiones. Donde aún hay una cantidad de necesidades que no están satisfechas.” El trabajo en San Isidro es una unión de voluntades que entre colores, música, lecturas, siembra y arte forman un proyecto que demuestra que es un proceso político más que de resistencia, de construcción.
Otros proyectos:
Busco una señal: idea de re-significar el territorio a través de mensajes que construyan una pedagogía del buen vivir.
En sus ojos: niños de la comunidad plasman su mirada del mundo a través de la fotografía.
De puertas para adentro: documentación periodística, relatos personales y familiares.
Píntelas, que yo se las coloreo: realizado entre estudiantes del programa de Artes Visuales de la UTP, artistas convocados de fuera y dentro del país y la comunidad.
Me resguardé entre el edredón y la sábana, el único espacio que tenía completamente para mí. Me demoré años en ponerle nombre a lo que había pasado, en entenderlo y en relacionarlo con experiencias que me contaron otras mujeres: la amiga que no se quiso ir temprano de la fiesta, la compañera de escuela a quién en las tardes la cuidaba un tío, la que despertó sin ropa y drogada. Los testimonios que hemos conocido por #MeToo y otras iniciativas los cuentan quienes tienen acceso a medios, un blog, valentía ante las reacciones o por lo menos algunos seguidores en Twitter; pero estoy segura de que son mínimos frente a los que no se han contado.
Yo pasé mi adolescencia en un silencio casi absoluto, me costaba hablar hasta para las situaciones más cotidianas y conocía a muy pocas personas. Pero había un hombre con quien lograba hablar en confianza. Empecé a visitar su apartamento, cocinábamos, mirábamos por la ventana, nos besábamos, dormíamos.
Un día llegué llorando, lo saludé, le dije que estaba triste, que no era grave y que sólo necesitaba escribir. Me recosté de espaldas con mi lápiz y cuaderno. Me siguió, me besó. Sumé toda mi fuerza para alcanzar a decirle “no” con un hilo de voz. Fue a mi espalda, lo alejé con las manos. Seguí escribiendo. Se acercó de nuevo, alejé mi cuerpo y continué de espaldas sobre mi cuaderno. Regresó, bajó mi pantalón hasta mi rodillas. Le dije que “no” mientras lloraba. Me penetró. Traté de huir con toda mi fuerza que nunca ha sido mucha. La ropa a medio quitar no me dejaba mover, con su peso sobre el mío no era capaz de levantarme. Le dije “no” una y otra vez. No importaba lo que yo hiciera, mi cuerpo no era mío. Vio que las sábanas estaban mojadas con mis lágrimas, me soltó. Bajé corriendo del edificio, salí hasta la calle, tomé un taxi. No sabía qué había pasado, ni por qué no podía parar de llorar.
Me habían dicho que afuera el mundo estaba lleno de peligros pero siempre los he encontrado en la cercanía, en casa, en la intimidad, en la confianza. Leí mucho hasta lograr entender que lo que sucedió fue una violación, que está presente en los hogares, dentro de las parejas, que no siempre implica armas, que tiene muchas formas sutiles y no tan sutiles de expresarse. Después de escuchar a tantas amigas contar historias similares en secreto, sumo mi testimonio ante tanto silencio ajeno y propio.
Un documental en el que participé desde postproducción con la realización de Álvaro Cardona para el Centro Nacional de Memoria Histórica.
La muerte es habitual en Buenaventura (Colombia) pero también las formas de resistencia y dignidad de sus habitantes. Este corto documental cuenta la historia de “Los Matachines de Buenaventura”, una tradición religiosa entre cantos, máscaras y música que se ha convertido en un espacio de supervivencia en medio del duelo y el miedo.
Realización, producción: Álvaro Cardona
Postproducción: Sara Gaviria Piedrahita
Diseño: Jimena Loaiza
Música: Buscajá Son y Sabor
2014
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*También le puede interesar: Memorias del padre Tiberio. (Sobre la Masacre de Trujillo, Valle del Cauca. )
Decidí venir en medio de un ataque de llanto el día que más me ha dolido Colombia.
Empecé a planear este viaje hace 10 meses, pero siempre lo había soñado. México se había metido en mi corazón desde la infancia, como lo hacen los buenos amores: sin muchas explicaciones, con todo el deseo.
Pero yo soy mujer de muchos amores. Uno de esos: la antropología. Quise estudiarla desde que encontré esa palabra en un diccionario que leía mientras la monja rectora de un colegio hablaba de infierno y faldas cortas.
Así que antropología fue mi primera opción para estudiar una carrera (licenciatura, que llaman acá). Pero yo vivía en la zona rural de Pereira (La Florida) si mucho podría trasladarme a la zona urbana para hacer un pregrado, pero ni de riesgos a otra ciudad para estudiarla. En mi ciudad no hay antropología como carrera, así que me formé como comunicadora social-periodista.
La vereda de Pereira donde crecí.
Ejercer la comunicación me ha llevado a comunidades campesinas, mineras, barriales, víctimas de conflicto armado, líderes de paz, activistas ambientales y en situación de vulnerabilidad; escuchando, observando, registrando y aprendiendo. Y a cada lugar que llegaba sintonizaba sus radios, me acerqué a algunas. Primero a Ingrumá Stereo en las montañas del resguardo indígena de San Lorenzo (Riosucio, Caldas, Colombia), tímidamente a La Tribu poderosa y colorida en alguna calle de Buenos Aires (Argentina), Ulloa Stereo una emisora que visité por dos años para conocer cómo le cambió la rutina a un municipio olvidado en el Valle del Cauca (Colombia), a la Emisora Cultural de Pereira que siempre ha sido el amor de mi vida -¿ya dije que soy una mujer de muchos amores?- y recientemente me vinculé a Teusaradio (Bogotá, Colombia) radio de espíritu y equipo jóvenes, con una calidez y talento asombrosos.
Junta de programación en Ulloa Stereo, Valle del Cauca.
Si, desantendí la recomendación número uno que me dieron un par de comunicadores recién egresados mientras yo era estudiante. “Vea parce, no haga radio que eso no da plata”. Pero la radio es que el medio que llega a las montañas y yo soy una montañera. He visto cómo la comunicación ciudadana, los medios comunitarios, los colectivos informativos populares son actores sociales y políticos que movilizan poderes y potencian cambios enormes. Ante eso no hay plata que valga.
Acá desobedeciendo el consejo de los comunicadores recién egresados en la Emisora Cultural de Pereira.
Pero mi formación como comunicadora a veces se quedaba corta, así que rescaté el sueño adolescente de estudiar antropología.
Pero no lo rescaté sola, tuve la ayuda de un largo ataque de llanto. Escuchaba la radio el 2 de octubre del 2016, el día que más me ha dolido Colombia. (Cosa seria decir eso ante tanta posibilidad de dolor en mi país.) Se anunciaba el resultado del plebiscito sobre los acuerdos de paz de Colombia. El 50,21% de los votantes decidieron, en medio del rencor y la desinformación, que no querían terminar el conflicto armado más largo del continente. “Ganamos, ganó el NO” repetían felices. Decidí esa misma noche formarme (ilusamente, tal vez) para poder aportar más y con toda mi capacidad: a mis estudiantes, a las radios y procesos que conozco.
También much@s lloramos ese día.
Busqué universidades e institutos en Europa y América, revisando sus líneas de investigación pero deseándo encontrar la ideal en México porque así es el corazón. ¿Qué puede salir mal si mezclas un deseo adolescente con un amor infantil? Hasta ahora, nada.
Mi primera vista de Oaxaca desde el aire.
Pd.: Empiezo clases el 1 de septiembre en el Ciesas (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social) en su sede de Oaxaca(México), mi tema de trabajo será la radio comunitaria y no puedo con tanta felicidad.
Uno de los programas de Baúl de Cartas en la selección de momentos memorables de la Emisora Cultural de #Pereira en sus 27 años. 🎵🎤🎧📻En este volumen también se encuentran entrevistas a: Sivlio Rodríguez, Alba Lucía Ángel, Tony Camargo, el especial de los 100 años de la banda Sinfónica de Pereira y otros trabajos más.
Tomaba a Electra, su propio avión, y se iba a recorrer el mundo. Aterrizaba en campos de pueblos desconocidos y se quedaba conversando con la gente hasta que extrañara estar en el aire de nuevo.
Amelia Earhart hizo tantas cosas en tan poco tiempo que no puedo sino sorprenderme ante su existencia.
Fue la primera mujer en cruzar el atlántico por aire, primero como pasajero y luego como piloto, fundó escuelas de aviación femenina, escribió un libro, diseñó su propia ropa y la volvió marca, rompió récords de velocidad en el aire, creó competencias aéreas, fue portada de Vogue, imagen de Kodak y Chiclets.
Amelia con sus estudiantes de aviación.
Pelirroja, terca, bisexual, feminista. Un día decidió salir a darle la vuelta al mundo en avión por la línea del Ecuador y nunca volvió. Su desaparición en el aire ha generado todo tipo de teorías de conspiración. En este podcast sus cartas y su vida.
Hoy 8 de marzo comparto una visita que hice a la casa de una gran mujer: la hermana Maritze Trigos.
Una de las lideresas que trabaja por la construcción de la memoria en Trujillo (Valle del Cauca, Colombia), cuenta que en el año 2002 María Elena Correa - una de las viudas de la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo - le propuso la idea de hacerle un libro a Tiberio que debería ser “todo escrito a mano, nada de
computador, nada de máquinas… que sea hecho por nosotros que conocimos
al padre, que vivimos con él”, cuenta la hermana.
Esta es la
historia del libro que surgió como homenaje al padre Tiberio Fernández
Mafla, la víctima más emblemática de la masacre de Trujillo, en el
Valle, cuyo martirio se ha convertido en símbolo del sufrimiento
de todo un pueblo. Un compendio de cartas, relatos e imágenes que fue
hecho entre 2002 y 2003, de puño y letra de decenas de habitantes de
Trujillo.
El soldado Sullivan Ballou no alcanzó a enviar la carta. Fue encontrada entre sus pertenencias y llevada a su viuda junto con el féretro.
Escrita durante la guerra civil estadounidense, ha inspirado corazones, películas, canciones y propaganda oficial para incentivar valores patrióticos, el “salir a luchar por tu patria”. En este nuevo podcast presentamos el texto de la carta lo más parecido posible a la escrita originalmente por el soldado Ballou, junto con una selección de canciones tradicionales surgidas durante la guerra civil pero grabadas por artistas contemporáneos.
En Baúl de cartas también estamos convencidos de que ninguna idea justifica un cadáver. Queremos menos cartas escritas desde la guerra, correspondencias que alcancen a ser enviadas y destinatarios que regresen con sus familias. Por eso en este podcast más que una carta desde las trinchera, presentamos una carta de amor.
Proveniente de una familia religiosa, inicia estudios para convertirse en predicador, prepara con esmero su primer sermón y se lo explica con detalle a su hermano Theo en una de las muchas cartas que le escribió. Su primera misión fue evangelizar a los trabajadores de las minas de Borinage (Bélgica), empezó a retratarlos. Convivió entre trabajadores y campesinos. Nunca regresó a la vida clerical, ya había encontrado a Dios.
Imagen: Campo de trigo con cuervos, última pintura de Van Gogh.
La revolución industrial le regaló el amarillo de cromo, un pigmento tóxico que consumía para llevar la luz del día y los girasoles al interior de su organismo. Alquiló, con el dinero de su hermano Theo, una casa amarilla en Arlés (Francia) que soñaba convertir en un taller de artistas. Solamente Gauguin lo acompaña en su casa amarilla.
Desobediente, inquieto, iracundo, pobre. Vendió un solo cuadro en toda su vida, la pintura amarilla que comía para ser feliz y usaba para crear, resultó ser un pigmento químicamente inestable que con el tiempo oscureció sus cuadros.Se disparó en el pecho en un episodio de alucinación, murió en los brazos de su hermano. “La tristeza durará para siempre” fueron sus últimas palabras.
Mientras edito este podcast en Pereira (Colombia), veo como caen sobre la ciudad las flores de los guayacanes y dejan las calles amarillas.
is-better-run: Tu fuiste mi primera seguidora hace ya unos años. GRACIAS ❤ 😂 Me gusta mucho tu blog es muy original. 👌💖
¡Hola! Gracias por escribir. Así entre todos vamos formando comunidad. <3
RESEÑA
Poesía para regresar a casa
Una vida en una noche
Poesía
Albeiro Montoya Guiral
Editorial Ataraxia (Colombia)
2016
Con su primer libro Una vida en una noche el poeta santarrosano Albeiro Montoya Guiral nos hace volver la mirada a las montañas risaraldenses, al pueblo, a casa. Se debe estar advertido que una vez inicie el libro una nostalgia, invencible como el insomnio, empezará a recorrer venas y arterias. El deseo de regresar al pueblo a tomar café fresco y mirar la llovizna caer irá aumentando al tiempo que sus páginas. Es un libro para leer completo en una noche y levantarse con la primera luz en una mañana tibia de finca cafetera con el dolor de una despedida que se repite sin acabar nunca.
Luego de ser publicado inicialmente por la editorial mexicana El canto del libro en 2015, regresa con una segunda edición a cargo de laeditorial colombiana Ataraxia; que en su terquedad de mula publica en papel artesanal, ediciones de pocos ejemplares, numeradas a mano y entregadas al lector como un libro-objeto para conservar entre los más queridos.
El libro está dividido en tres partes: inicia con poemas llenos de melancolía y bosque en donde se escucha el ladrido de perros entras las sombras y moscas que se posan sobre el verano de un campo adolorido. La segunda parte Ciudad Silva ocurre en la noche, una con más fuego y piel pero con besos amargos.
Termina con puentes, un poeta peatón los camina haciendo equilibrio para no caer en la muerte.
Una vida en una noche trae olor a potrero y a tinto. Interrumpe el sueño para hacernos probar el frío y el sudor, pero también para sentir las aves revolotear por sus páginas.
Hay vicios que simplemente no se pueden evitar. #lettering #BaúlDeCartas #handwriting #writing #writer #letters #text #literally #literature #Colombia #Pereira
Los insectos están matriculados en la clase de escritura. Zumban para inspirar con sus presencia a los jóvenes redactores.
Hey, mencióname en el texto – dice la mosquita.
Yo te piqué muy bonito– susurra el transmisor del zika
Inclúyeme a mi– chilla la abeja.
Son atraídos por los sudores de la clase. Las uñas rascan la piel en homenaje, correspondiendo el cariño del pinchón. Los mosquitos quieren aprender a escribir, por eso absorben la sangre de los participantes.
Una hormiga trepa de una hoja de árbol seca a la libreta.
– ¡Ya soy parte del texto! Les gané insectos voladores–
Las cigarras debutan cantando a lo lejos en esta tarde templada.
Los insectos quieren aprender a escribir.